Las puertas se iban abriendo
lentamente, milímetro a milímetro, aún quedan veintitrés días para que pueda
hacerlo por completo, pero ahí está ella, pendiente de la puerta. “Uno más”
Susurra cada día ante el portón que le separaba de la libertad, de seis meses
que tenía de libertad para estar en contacto con todos.
No es que no le agrade estar ahí,
es que han pasado ya cinco meses entre las tinieblas y un poco de sol no le
vendría nada mal. No tiene queja de aquel lugar, pues se está caliente después
de todo, sin embargo, no es lo mismo recibir las caricias del sol que la fría
brisa del anochecer.
De nuevo, enjugará sus lágrimas
de felicidad, haciendo que los pequeños brotes de hierba vuelvan a su espeso
verdor, el río llore de alegría, los vientos soplen de emoción, las flores
abran los ojos y que los pájaros canten el himno al nuevo día, aquel que tanto
espera con ansias.
Así los días pasarán, ella frente
a la puerta viendo como un rayito de luz, casi inexistente empieza a aparecer
con timidez tras la puerta, lo recibe entre sus manos con una tierna sonrisa
hasta que oye sus pisadas, sandalias de madera que pisan fuerte hasta llegar a
ella.
Una mano toca la suya con firmeza
y le ayuda a levantarse del suelo, cogiéndole levemente de la cintura y
mirándole fijamente a los ojos. “Te veré en seis meses” le dice con voz ronca,
casi susurrante, ella asiente y le da un suave beso en la mejilla, dejando que
él le abra la puerta y salga al exterior.

